31 de enero de 2012

Cuatro vidas hundidas en la playa de Orzán

Ha pasado casi una semana. Unos días. Parece que fue hace mucho. Otras veces da la impresión de que ocurriera ayer. El jueves pasado anochecía con una fiesta. El viernes madrugaba con una tragedia.

Este Domingo fuimos a un pequeño pueblo coruñés y allí, nos acercamos a la playa. Cruzamos un puente de madera y desde una pequeña isla admiramos la belleza del mar. Su bravura y su fortaleza. Y al ver las olas, de nuevo, un pensamiento. Aún no me he quitado de la cabeza lo que pasó aquel viernes. El viernes en que un grupo de jóvenes quedaron con la intención de celebrar el final de su beca Erasmus bebiendo y bañándose en el Atlántico. No dejo de pensar en ello. No dejo de intentar entender en qué cabeza, con 23 años de edad, uno decide, por divertimento, irse a bañar a las tantas de la madrugada, con la noche cerrada, el mar congelado y las olas a cinco metros sobre la arena; con la fuerza de un demonio. ¡En qué cabeza! Unos días para volverse a su país. Contar lo bien o mal que se lo hubiera pasado aquí. Unos días para volver a abrazar a sus padres. Y mientras ellos estaban al borde del abismo, tres jóvenes policías avisándoles del peligro. Y sus familias esperando que fuera una noche más. Unas horas para volver a casa. Unas horas para contar cómo fue la rutina de un día más de trabajo. Unas horas para abrazar de nuevo a los suyos.

Y en minutos, unos jóvenes deciden pasarse de la raya y tirarse al mar. La playa de Orzán. Coruña. Y así, con alcohol de más, se van a nadar. A las cuatro o cinco de la madrugada. Lo mismo da. Tirarse al mar. Al mar que ya ven cómo está. Porque no hace falta ser un experto para verlo. Porque se siente helador, se ve furioso, se teme su mala maña. Se teme oscuro. Y en segundos uno de los jóvenes desaparece. Y los demás se asustan. Todo rápido. Gritos. Pánico. Y ya no están borrachos. Ahora no. Ahora ya ven lo que tenían bien cerca. Y los tres policías que se tiran al mar. A intentar sacar al joven desaparecido a tiempo. Salvarlo. Y en segundos nada. Negro. Solo el ruido del mar rugiendo. La realidad. Nadie. La oscuridad de la noche y cuatro personas desaparecidas. Cuatro vidas hundidas por la imbecilidad de uno. La insensatez de no se qué cabeza. Cuatro vidas. Cuatro familias.

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24 de enero de 2012

Voy en Renfe; llego tarde

El transporte público en España es diferente. Deficiente. Mas bien muy deficiente. No lo descubres. Lo piensas. Ni siquiera eso. Te enfrentas a ello cada vez que aparcas el coche y planteas un viaje en bus o tren. Entonces te dicen que la única forma de comunicarte en bus desde Coruña a Burgos es saliendo a eso de las diez y media de la noche. Y a eso de las dos y media de la madrugada, cuando ni un alma está despierta, te hacen bajar del bus. El límite entre Galicia y Castilla. Entonces sacas tus maletas de un autobús y esperas a otro que tardará un par de horas en venir. Un par de horas sentado sobre el bordillo de una cafetería ahora cerrada. Solo los baños siguen abiertos. Y no limpios. Lugar de paso. Y ya sabemos cómo están este tipo de lugares donde se juntan personas, cada una de su madre. Entonces le pregunto a la taquillera de billetes _señorita, ¿me está diciendo que tengo que salir del bus a las tantas de la madrugada y esperar tirado un par de horas con las maletas encima? _Bueno, pero es un área de servicio caballero_ me contesta conforme. _¡Pero son las dos de la madrugada señorita!_ y con mi respuesta me voy porque claro está ‘no es problema suyo’. Cien euros por un billete nocturno en el que a media noche te sueltan en mitad de la nada y a esperar con tus maletas. Sin duda no es el mejor ánimo para usar el transporte público.

Entonces piensas en Renfe. La descartada de antemano. La que siempre llega tarde, es cara y lenta. Y descubres una oferta para viajar en clase preferente por apenas cuarenta y cinco euros. Lo reservas ilusionado. Te preguntas cómo diantres un ‘larga distancia’ podrá tirarse ocho horas y media para hacer un recorrido de 450 kilómetros y cuando ves al tren llegar a Coruña te haces a la idea. Entonces un empleado se baja en marcha del tren. Cuando ya casi ni respira de lo lento que va. Un tren que bien podría moverse a vapor. Y le indica a su compañero de cabina el ritmo del aparcamiento. Los metros que le quedan para parar por completo. Como cuando uno necesita de las indicaciones de un colega para desaparcar. Onírico a las ocho y cuarto de la mañana.

Entonces entras al tren. A su clase preferente. A la de un ‘Arco’ del siglo pasado pero con los precios de ahora, A unos asientos tapizados en un verde que a mi abuela la encantarían. También el suelo. Todo verde. La luz de los fluorescentes medio fundidos también. ¡Y ni tiene enchufes! Ni uno en todo el vagón. Así que para cargar el portátil no queda otra que quedarse de pie junto al aseo. Al metro cuadrado de aseo, porque mira que es grande un tren como para escatimar en el espacio donde parece que vives un terremoto cada vez que vas e intentas hacer tus necesidades. Por supuesto al ‘amable’ revisor le importa un comino que haya o no enchufes. Hasta te mira raro por preguntar tal cosa. Ahora que todo son mini-electrodomésticos y un enchufe es necesidad básica. Sobre todo pensando que no vamos en clase turista. Probablemente lo que te cobran sea la tapicería.

Entonces pasa una hora y ya hay que parar. Porque esta mañana bajó de cero la temperatura. Un par de grados nada más. Pero ya hay un problema técnico debido a la ‘helada del siglo’ y Renfe no da a solucionarlo en un par de horas que nos tienen tirados en Monforte mientras llegan, en taxi y autobús otros viajeros, también tirados en mitad de la nada. Entonces uno tiene sed y va al vagón cafetería. A que le timen trescientas de las antiguas pesetas por una botellita de agua. Y resulta que el camarero no está. Y de paseo por el tren te lo encuentras fumando en las escalerillas de uno de los vagones. Y él como si nada. Tranquilo como demasiados funcionarios.

Y empiezan a sonar los móviles y alguien dice _voy en Renfe; llego tarde_. Sinónimos ambos. Diez horas y media después de salir de Coruña llegamos a Burgos. Nos pertenece una devolución del 100% del billete. Pero de las dos docenas de viajeros que religiosamente protestaban dentro del tren en sus corrillos solo nosotros entramos a reclamar formalmente. ¡Cómo nos gusta hablar y hablar pero luego no hacer nada! ¡Qué costumbre tan española! Y por ella se salva esta ruinosa y deficitaria compañía ferroviaria de la que presumen que es la más avanzada de toda Europa. ¡Hasta los americanos han venido aquí para inspirarse de cara a sus próximos trenes!

Me gustaría saber qué es lo que pasa en Polonia, Suiza o Canadá cuando caen las nevadas que ya he vivido en los inviernos centroeuropeos. Me gustaría saberlo porque allí el tren, sin ser el más avanzado de Europa, funciona, es puntual y llega sin problemas a su hora. Llueva, nieve o hiele. Miren señores, si queremos fardar hagámoslo a lo grande. Mantengamos estas antiguallas de trenes y rediseñemos el estilo. ¿Se acuerdan del camarero fumando en la escalerilla del tren? Mejor pipa. Le va más al estilo de este tren. Que el revisor no te arranque media hoja de tu reserva por internet. Encaja mucho mejor el clásico agujereador que deja su rastro por el pasillo. Y ya de paso pido un empleado que, como los de antes, al borde del andén, toque el silbato y hondee una bandera roja para anunciar al maquinista que todo está a punto para comenzar este viaje al tren del pasado, el tren de Renfe en el siglo XXI. El tren más avanzado de Europa.

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17 de enero de 2012

El siguiente, por favor

Surcan el cielo. Atraviesan nubes y cielos estrellados. Cruzan el océano y ven las ciudades desde lo más alto. Se pasean uniformados por los pasillos del aeropuerto. Con esas diminutas maletas. Con ese broche metalizado con las alas de un pájaro. Dejando claro que son pilotos. Con esa aureola imaginaria. ¡Ostias! Ni que fueran dioses de la antigua Grecia re-encarnados en súper héroes de la era espacial.

Mientras ellos nunca terminan de poder gastar todo lo que ganan los demás miramos cada céntimo y apuramos cada nuevo trabajo. Mientras ellos trabajan unas horas un par de días los demás intentamos trabajar desde la levantada hasta cuando el reloj ya marca el nuevo día. Y lo recibimos sin habernos ido a la cama todavía. Doce de la madrugada y aún en pie. Ellos sentados. Unas horitas y taxi para casa. Uniformados y con su maletita de juguete. La maletita de los pilotos.

Yo pago una casa en cuarenta años (si tengo suerte) y ellos ganan en un año lo de esa fatídica palabra: 'hipoteca'. Aún así, cada año nos joden con huelgas, presiones y un mal rollo que a mí ya me toca los cojones (y perdonen tanto palabro mal sonante). Señores, sí, su trabajo es importante. Su trabajo implica formación. Su trabajo implica dedicación. Su trabajo implica concentración. Es cierto pero mi padre es fontanero y cuando subía al tejado a colocar los canalones también se jugaba el pellejo. Mi madre cuida personas mayores y les da el cariño que merecen en sus últimos años de vida. Si el basurero no recoge la mierda nos la comemos y si el camionero no se pasa medio día en la carretera y otro medio durmiendo en la trastienda del camión entramos en pánico porque, señores, son ellos quienes nos traen la comida. Ninguno de ellos gana lo que pilotos y controladores.

Entiendo que un trabajador luche por sus derechos y condiciones laborables y por eso entendería que cualquier trabajador mileurista estuviera montando en huelga cada mes. Lo que no entiendo es qué narices pía un trabajador que gana cuarenta millones de pelas anuales por un par de días de trabajo a la semana. A mí que me lo expliquen, porque siempre se quejan los mismos. Los que más ganan. Y siempre se lo consentimos. Por mí, Iberia, Aena o quien narices mande en todo esto, les podría poner a todos en una fila, así, como la de la cola del INEM, como la de la cola en la que muchos esperan doce horas para una entrevista de trabajo. Les pondría en una cola de esas y les preguntaría uno a uno: _¿No le interesa el trabajo? Aquí tiene su carta de despido. Siguiente, por favor._ Estamos en un país con cinco millones de parados buscando empleo. El mismo país en el que estos que ganan una hipoteca pagada al año se quejan cada dos meses y bloquean el transporte aéreo de todo un país. Y se lo consentimos. ¡Estamos de coña!

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10 de enero de 2012

Un día de esos

Un día te levantas. Y según avanza te va pinchando más y más. Más a cada hora que se va acercando la noche. Doliéndote y haciéndote mal. Días como esos. Esos que te hieren. Esos que acumulan la basura dentro de ti. Días de los que no quieres tener. Un día de esos. De esos que como una bola de nieve te llevan el ánimo y las fuerzas de seguir luchando. Días de esos. Pero solo eso. Solo días. Solo algunos.

Y al día siguiente te levantas antes de lo habitual. No de madrugada. Solo algo antes. Cuando lo que quisieras es quedarte en la cama y no repetir lo de ayer. Pero te levantas. Sin ganas. Sin querer. Lo haces. Y comienzas a trabajar en algo. Y poco a poco el día amanece. Y sus colores atraviesan las cortinas de tu casa. Colores brillantes que se reflejan en cada pared. Y el calorcito del sol despertándote cariñosamente. Entonces recibes un correo electrónico y te dan una buena noticia. Una pequeña. Pero buena. Algo de luz. Y eso te da ánimos para más.

Y haces por hacer. Llamas. Consigues un par de encargos. Escribes una carta. Sales a la calle y la llevas al buzón de correos. Entonces das un paseo y avanzas el ritmo de tu paso. Entonces hablas con un desconocido. Y recuerdas sus palabras. Compras pan y ríes con una broma de la panadera. Tomas aire y soplas. Tu aliento que parece niebla. Y sientes el frío. Pero ya fuera de ti. Porque dentro, hoy, no fue un día de esos; de los malos. Hoy fue un día con sonrisa; un buen día.

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3 de enero de 2012

Nuestro 2011

Hace unos días tu madre preparaba la cena de Nochevieja para todos nosotros. Tu hermana, Ramón, tú y yo esperábamos viendo los resúmenes del 2011. Los que las cadenas de televisión quieren que recordemos. Los que para ellas fueron los momentos más destacables del año.

Yo no voy a recordar 2011 por el tsunami en Japón. Lo recordaré por las ganas de los dos por ir allí a reportear. Los días y horas de fotocopias en la hemeroteca, siguiendo cada día de crisis nuclear en Fukushima.

No recordaré 2011 por el San Jordi que, cada año, vemos en los informativos. Ni por los recortes del sistema sanitario catalán. Tampoco por las elecciones en Cataluña ni por los buzones llenos de propaganda electoral. Mi mente acude siempre a nuestro buzón en Sabadell. A nuestro día en la feria del libro en Sabadell y a nuestro primer San Valentín en la sala de Urgencias del TAULÍ.

El terremoto de Lorca no será tampoco lo que venga a mi mente al pensar en el 2011. Seremos tú y yo viendo a nuestro compañero de master en busca de una foto al lugar del seísmo. Tú y yo con la rabia de no ir nosotros. Con la responsabilidad de tener que quedarse para preparar el fin de master.

Tampoco recordaré la Puerta del Sol cuando hablen de Indignados. Será nuestra tarde en Plaza Catalunya buscando una vista panorámica. Será aquella conexión en directo cuando todos rompieron a revolucionar con el sonido de sus cazuelas. Nosotros entre aquel enjambre intentando fotos diferentes. Fotos para la práctica de El País. El 15M será siempre aquel café compartido desde el balcón de El Corte Inglés.

Pero sobre todo. Si por algo recordaré este 2011 será porque fue nuestro año, corazón. Nuestro año de conocernos bien. Nuestro año de ilusionarnos con Barcelona. Nuestro año de madrugar a horas no racionales. Nuestro año de Rodalies y Ferrocarriles de la Generalitat. Nuestro año de tu reportaje y el mío. Nuestro año del súper-dúplex. Nuestro mes de periodistas en Cataluña. Nuestro año de conocer aquella ciudad, luchar por aprobar el master y volver juntos. Siempre juntos.

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27 de diciembre de 2011

Mierda barata

Hace un mes que vino disfrazada a Valladolid. Disfrazada de rojo y negro. Como el demonio que arrasa con todo. El demonio al que temen cada una de las pequeñas tiendas de muebles. El demonio que cambia su traje rojo con cola por unas bonitas letras amarillas sobre fondo azul. La misma mierda. Mierda barata que en tiempos como los que corren son suficientes para ganar clientes. Son suficientes para amueblar la casa y no tocarla. La misma mierda de serrín con cola que amuebla las casas de más de lo que creemos. De muchos más. No por su calidad. No por su diseño. No por sus acabados. Por su precio. Por su precio.

Valladolid está de inauguración. Ikea construye el mayor centro comercial de toda España en la capital castellana y su presencia ya se hace notable meses atrás en cada una de las ciudades vecinas. Banderolas y marquesinas de autobús que nos recuerdan las pasadas elecciones y sus absurdas campañas basadas en la saturación y el aburrimiento. Un rumor que ya es noticia local de portada. Comidilla de las marías comprando en el súper y tema de editoriales en los periódicos de la región: Ikea regalará un bono de compra de seiscientos euros al primero de la cola en el día de inauguración. Cincuenta euros más para los próximos cien vestidos de azul y amarillo, a juego con el demonio disfrazado.

Tiempos de crisis. Tiempos de contar los céntimos y esclavizarse por euros. No muchos euros y sin embargo demasiados esclavos tras tanto tiempo persiguiendo el ‘bienestar social’. Ikea y su día de inauguración. Día en que una vez más uno es consciente de hasta qué punto somos títeres de una obra en la que se nos dice qué, cuándo, cómo y dónde. Nunca el por qué. Gente vestida de azul y amarillo. En el bus que nos acerca gratuitamente al nuevo gigante. No uno ni dos haciendo de conejillos. A mi lado, delante y detrás. Montones de personas disfrazadas. Rodeado de azul y amarillo. Y al llegar una frase que se repite entre las abuelas _¿Qué me dais por venir de azul y amarillo? He oído que dabais algo_.

Más sorprendente el recibimiento. Cuando uno a las 11 de la mañana se espera un vacío total y lo que ve son filas de gente disfrazada, cada uno con su banderita de Suecia, porque mola ser sueco pero no español. También una orquesta. Con los dedos congelados. Pero esto es una fiesta y todos están invitados a consumir en ella. También como gendarmes privados, la Guardia Civil organizando el ‘evento’. Evento privado de una empresa privada. Guardia Civil que me gustaría ver a mí en los aeropuertos y estaciones de trenes en vez de encontrarme con chavalitos de Securitas. Inauguración de un simple comercio de muebles malos pero baratos y bien adornados. Eso sí, todas las capas de la sociedad revolucionadas. Da que pensar que los mismos que van disfrazados de colores por un regalo luego elijan en elecciones 'democráticas' a nuestros políticos.

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20 de diciembre de 2011

En tren por Navidad

Coruña. Estación de trenes. Y el frío de las primeras heladas del invierno que aún no ha llegado. Ni al calendario ni dentro de mí. Me muero de ganas de ir a mi tierra. Me muero de ganas de volver a abrazar a mis padres. Me muero de ganas de volver, montarme en el autobús, ver mi catedral, pasear por el Espolón y comprar unas chucherías en la peque.

Tren y ocho horas y media por delante. Un día que empieza aún de noche. Un frío que se esfuma nada más entrar a nuestro vagón. Nostalgia de pensar en tiempos pasados. Los tiempos en los que alguien sacaba una bandera roja desde el andén, a la altura de la cola del tren; tomaba aire y soplaba con su silbato. Entonces el tren tomaba aire también. Respiraba. La escarcha se deshacía y comenzaba su camino. Dejando el lugar en silencio. Y familiares en el andén. Pegados a las ventanillas. Despidiéndose con la mano. Una lágrima por dentro y saber que la próxima visita a la estación será más alegre. Será la de llegada.

Y mientras, el tren cogiendo ritmo. Cruzando pueblos, montañas, valles y aldeas escarchadas por la temperatura bajo cero escondida en bancos de niebla que esconden la alegría de volver. La de ir a Burgos por Navidad. En tren por Navidad.

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13 de diciembre de 2011

El periodismo que queremos

Las cadenas de televisión se nutren de imágenes del espectador. Los periódicos llenan páginas con el poema del lector o la foto del lector o la mascota del lector. Grupos de comunicación señores y señoras. Grupos grandes. Imágenes enviadas gratuitamente. Periodismo gratuito. Periodismo a cambio de un simple y fugaz nombre en el pie de foto. Todos contentos mientras nos cargamos una profesión que hasta ahora contaba historias. ¡Esto es intrusismo laboral y no democracia periodística! Dejemos de verlo como la 'voz' de los lectores. Es ocupar el puesto de quienes somos profesionales de esto. No se nos quita el trabajo por ser mejor lo de los lectores. Tampoco por ser más interesante. Se publica aquello por ser meramente gratuito. ¿Es este el periodismo que queremos?

El mismo grupo que entre noticia y noticia suelta un anuncio con la voz y presencia del mismo presentador del informativo. Sin cambiar ni de fondo. En el plató del propio informativo. El mismo grupo de comunicación que mezcla opinión, información y publicidad. El que te corta constantemente y utiliza a los periodistas para soltar consejos sobre seguros, coches y plazos fijos. ¿Es este el periodismo que queremos?

El periodismo que compra noticias a un periodista por valor de menos de un euro la noticia escrita. 600 noticias para llegar a 400 euros. Estar obligado a pelotear al reporteado. Entrevistarlo porque ha escrito un libro que publica una editorial del mismo grupo empresarial que el del periódico para el que escribes. Sacar como noticia que tu cadena estrena programa de variedades y que tu crónica discográfica se limite a los discos de la productora de (nuevamente) el mismo grupo empresarial de comunicación. Llamémoslo publicidad pirata. El periodismo que no paga ni el coste de los reportajes (cuando logran ser vendidos). El periodismo que hace que huyamos de aquí ante este desprecio constante. ¿Es este el periodismo que queremos?

Prepararse un tema. Documentarse. Organizar todo. Sacar la pasta por adelantado. Sin saber nada. Sin saber si se recuperará. Y, si es lejos, con el temor de perder historia, equipo y cabeza. Y todo para volver con un reportaje que te ha ocupado meses, euros y preocupaciones. Entonces Santiago Segura estrena Torrente 4 y tu reportaje ya no es algo de actualidad periodística. Torrente sí. Y para él la portada de los semanarios informativos. Tócate los huevos. ¡Sí joder, Torrente es actualidad de interés periodístico y lo demás son meros reportajes, historias,...! ¿Es este el periodismo que queremos?

Navidad. Un reportaje preparado con mimo. Un reportaje profundamente navideño. Tampoco es de interés. A algunos les hace más gracia que a otros pero al final ¿qué? Al final los reportajes publicados se alternan entre un popurrí de fotos de archivo de productos gastronómicos varios con sus precios (los de los anunciantes de la revista), un reportaje sobre la cena que se pegarán en Nochebuena algunos de los más ricos del país y el último recorrido de Inmanol Arias y Juan Echanove en Un país para comérselo. Sí señores. Para comérselo y cagarlo pronto para no indigestar. Aquí la Navidad importa un comino. Los reportajes sobre ella también. Lo que importa es lo que harán ese par de actores comiéndose un pinchito de morcilla ante las cámaras y el lujazo con el que cenarán los ricos. ¿Es este el periodismo que queremos?

¿Para esto crean la licenciatura en periodismo? ¿Para que el periodismo publicado sea esta mierda apestosa? ¿Para eso se llenan la boca y la estantería de premios y galardones? Asco da. Asco me da. Asco nos debería dar. ¿Pero qué mierda es esta que ahora nos hacen creer como periodismo?

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6 de diciembre de 2011

Especímenes humanos: Los 'Supositorios'

Abres la puerta de tu coche. Mando a distancia y sales del parking. Intermitente y un vistazo a cada sentido de la carretera. Te incorporas y en unos segundos ya eres uno más dentro de esta red que mirada desde el cielo es una tremenda cadena en la que, por Dios sabe qué causa, no hay más accidentes.

Cuando vas a la velocidad que marcan las señales. Cuando sabes que hay controles de velocidad y la esfera del velocímetro de tu coche apenas roza cinco kilómetros por encima de los límites. Ni uno por debajo. Cuando enseguida tienes a alguien chupando de tu culo. Cuando no hace más que moverse de lado a lado acercándose más y más. Tiburón que se acerca a su presa atemorizándola. Cuando parece haberse ido y de pronto lo tienes de nuevo ahí. Entonces empiezas a sudar. Piensas en lo que ocurriría si de pronto patinaran las ruedas de tu vehículo. Estás seguro que la inteligencia del tiburón no daría como para una ágil reacción.

Entonces un cambio de rasante y línea continua. Te da las largas y el muy imbécil se te acerca más que nunca. Y casi cuando te roza da un volantazo. Un giro brusco y te pasa a toda velocidad. Por supuesto te mira como si fueras tú el que haces algo mal.

Le ves la cara. Le ves el coche. Ves su compañía. La que también te mira de mala uva. Te preguntas la prisa que pueda tener cuando ya sabes la respuesta: unas cervezas en el pueblo de más adelante. Y entonces piensas: _¡Maldito supositorio! _y deseas que al final de ese cambio de rasante estuviera una patrulla de la Guardia Civil.

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29 de noviembre de 2011

'Gilipolles', en català

Hace un año. Algo más que fui a buscar una oportunidad a una ciudad vanguardista, innovadora, cabeza del arte en España. Encontré mil cosas agradables que no esperaba. Me re-encontré con Ferran. Lo conocí mejor. Encontré a la chica de mi vida. Descubrí una ciudad preciosa y aprendí lo grande que es vivir tan cerca del mar.

Por contra, muy pronto empecé a escribir una lista. La de las gilipolleces de algunos. Por suerte las de pocos. Cuando me vine conservé cerca de mí a mi gran amigo Ferran, al amor que nunca hubiera imaginado encontrar y la libreta en la que a lo largo de este año escribí esa serie de gilipolleces. Hoy, pasados unos meses de mi vuelta, aún recuerdo incrédulo esas gilipolleces. Gilipolleces de quienes hoy merecen que les diga: _¡Gilipolles!_ en 'català', como ellos reclaman una y otra vez.

Porque hay que ser realmente imbécil para hacer que un chino modifique por cojones su cartel a la entrada de un restaurante en el que indica 'Restaurante chino' y coloque en una pegatina blanca la palabra 'Xinés' sustituyendo al idioma de todo un país al que, por suerte, pertenece Barcelona. Barcelona avergonzada de ser catalana cuando estas estupideces la hacen sentir vergüenza ajena. Gilipollez digo porque dudo que al Corte Inglés le obliguen a poner una lona sobre la palabra 'inglés' en la que ponga 'anglés'. Lo dudo. Tampoco creo que el Banco Santander modifique en Cataluña sus letreros para poner 'Banc Santander'. Gilipollas los que obligan al pequeño y, por dinero y miedo, no al grande. Gilipollas los que se piensan que esto es defender la cultura. Cultura es respeto. Al grande y al pequeño.

Cultura no es animar a los ciudadanos a sublevarse a la ley y poner sobre la matrícula una pegatina que sustituya la 'E' por un 'CAT' ridículo como ilegal. Gilipollas el que anima a hacer esta memez. Más gilipollas aún el que lo hace. Increíble que las autoridades del tráfico no sancionen a quien hace esto porque por este camino yo pondré 'BU' sobre mi matrícula, así dejaré bien claro que soy de Burgos. También lo gilipollas que soy pensando que esto es defensa de mi cultura.

Gilipollas el que colocó a Delibes en la sección 'Extrangers' de varias librerías en la Ciudad Condal. Gilipollas él y el que acepta esto. Gilipollas también el que impone con sus pegatinas 'en català' sobre los anuncios y marquesinas de la ciudad. Gilipollas el que piensa que la cultura con sangre entra. Gilipollas el que cree una imposición la palabra 'España'. Gilipollas el que se deja engañar por cuatro políticos y no entiende que la cultura no es eliminación ni imposición sino convivencia y entendimiento.

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24 de noviembre de 2011

Exponer de nuevo

24 de Noviembre. Un día más en el calendario. Un jueves y no un martes, como cada martes que escribo aquí. Como cada semana. Ahora más de cien. Hoy dos años de aquel primer post escrito en un blog que acababa de nacer. Una cabecera recién diseñada. Un blog aún vacío de contenidos. Un blog que nacía y aún recuerdo cómo.

24 de Noviembre. Una sala de espera. Algo más. Puerta de embarque de un vuelo destino Varsovia y dos maletas facturadas ya. Dos maletas llenas de tubos con mis fotos sobre España. Dos maletas repletas de catálogos y carteles en blanco y negro. Mi primera exposición fuera de mi país. Y todo nuevo. Y así, escribir por primera vez. En esa sala llena de hileras de asientos. Todos azules. Todos llenos de ejecutivos peleándose con sus blackberry y sus manos libres. Un asiático desayunando un huevo cocido. Y escribirlo en ese primer post de un blog que, ni por asomo, imaginaba iba a continuar durante tanto tiempo. El primer post de un blog que ha significado y significa tanto para mí. 144 entradas hoy y casi 150.000 visitas. Tantos viajes. Tantos momentos plasmados en palabras. Tantos días intensos. Tanto tan cerca de mí.

24 de Noviembre. Hoy jueves y no martes. Pero martes hace dos años y por eso ahora, en esa madrugada de Martes, cada semana un nuevo post. Nuevas experiencias de un joven fotógrafo abriendo camino. Nuevos sentimientos y pequeñas reflexiones. Un nuevo post y los comentarios de los que os paseáis por él.

24 de Noviembre y tan en mi cabeza ahora que se cumplen dos años. Ahora que por razones desconocidas comienzo a organizar una nueva gira de exposiciones. Y hoy, 24 de Noviembre, ya empiezan a sonar las primeras confirmaciones de salas. Y, cómo no, Burgos, mi Burgos. El Teatro Principal y su sala de exposiciones. Ajustar las fechas. Comenzar el diseño del cartel, los catálogos, el dossier de prensa,… y elegir las fotos. Cada una.

24 de Noviembre y, de nuevo, ‘Voyage’ vuelve a caminar y nace otra exposición que ya da sus primeros pasos. Como hace dos años.

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15 de noviembre de 2011

Comer fuera (y no morir en el intento)

He viajado. Más que muchos. Menos de lo que quisiera. Muchísimo menos de lo que quisiera. Y poco, relativamente muy poco comparado con lo que estoy dispuesto a viajar. Viajar. El único destino del ser humano. Viajar y conocer. Incluso cerca de casa podemos viajar. No hace falta irse muy lejos.

Y en estos años de viajes. De lugares cercanos y lugares lejanos. En estos años de trabajos de estudiante. Trabajo en bares, hoteles y parques de atracciones. Trabajos de antes de ser fotógrafo. Recuerdos de lo difícil que es comer fuera y salir con el estómago en paz. Por eso. He aquí una serie de consejos realistas, basados en mis experiencias, cómicos a veces, aparentemente ilógicos en otras, pero verdaderos al fin y al cabo:


1. Nunca. Nunca de nunca preguntes al camarero qué te recomienda. Será lo que está a punto de picarse lo que te ofrezca.

2. Si buscas ‘Reservas’ y ‘Crianzas’ no mires en la bodega de un bar. Unos centímetros más abajo. A la altura de tu vista. Justo sobre la barra. Una vitrina pequeñita y platos con un abanico de pinchos y ensaladillas rusas. Ahí tienes las ‘Reservas’ y ‘Crianzas’. Días ahí, bajo la luz azulada del fluorescente. Esperando a que alguien se los lleve al buche. Mientras tanto, aguantando los días, perdiendo su sabor, ganando en posibilidades de salmonelosis.

3. Cuantas más tenedores y estrellas tenga el hotel menos casera será la comida y más tiempo llevará en la nevera. Grandes cantidades cocinadas, como en las bodas, días e incluso semanas antes para estar listas y ahorrar tiempo. Una gran cámara frigorífica que las mantiene a salvo y grandes hornos que calientan a toda velocidad. Por eso, si quieres comer casero aplica la ley opuesta a la de las estrellas y los tenedores.

4. Ni que decir tiene que mahonesas, huevos, carnes picadas, albóndigas,… quedan fuera de una carta libre de peligros.

Por eso, si puedes comer en casa, hazlo; y si no, llévate una cocinilla eléctrica portátil, cómprate algo en el súper y cocínatelo. Comerás fuera y tu estómago te lo agradecerá. Y si comes en un restaurante olvida lo leído e imagina que lo que tienes en el plato lo cocinó tu abuela.

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