31 de enero de 2012

Cuatro vidas hundidas en la playa de Orzán

Ha pasado casi una semana. Unos días. Parece que fue hace mucho. Otras veces da la impresión de que ocurriera ayer. El jueves pasado anochecía con una fiesta. El viernes madrugaba con una tragedia.

Este Domingo fuimos a un pequeño pueblo coruñés y allí, nos acercamos a la playa. Cruzamos un puente de madera y desde una pequeña isla admiramos la belleza del mar. Su bravura y su fortaleza. Y al ver las olas, de nuevo, un pensamiento. Aún no me he quitado de la cabeza lo que pasó aquel viernes. El viernes en que un grupo de jóvenes quedaron con la intención de celebrar el final de su beca Erasmus bebiendo y bañándose en el Atlántico. No dejo de pensar en ello. No dejo de intentar entender en qué cabeza, con 23 años de edad, uno decide, por divertimento, irse a bañar a las tantas de la madrugada, con la noche cerrada, el mar congelado y las olas a cinco metros sobre la arena; con la fuerza de un demonio. ¡En qué cabeza! Unos días para volverse a su país. Contar lo bien o mal que se lo hubiera pasado aquí. Unos días para volver a abrazar a sus padres. Y mientras ellos estaban al borde del abismo, tres jóvenes policías avisándoles del peligro. Y sus familias esperando que fuera una noche más. Unas horas para volver a casa. Unas horas para contar cómo fue la rutina de un día más de trabajo. Unas horas para abrazar de nuevo a los suyos.

Y en minutos, unos jóvenes deciden pasarse de la raya y tirarse al mar. La playa de Orzán. Coruña. Y así, con alcohol de más, se van a nadar. A las cuatro o cinco de la madrugada. Lo mismo da. Tirarse al mar. Al mar que ya ven cómo está. Porque no hace falta ser un experto para verlo. Porque se siente helador, se ve furioso, se teme su mala maña. Se teme oscuro. Y en segundos uno de los jóvenes desaparece. Y los demás se asustan. Todo rápido. Gritos. Pánico. Y ya no están borrachos. Ahora no. Ahora ya ven lo que tenían bien cerca. Y los tres policías que se tiran al mar. A intentar sacar al joven desaparecido a tiempo. Salvarlo. Y en segundos nada. Negro. Solo el ruido del mar rugiendo. La realidad. Nadie. La oscuridad de la noche y cuatro personas desaparecidas. Cuatro vidas hundidas por la imbecilidad de uno. La insensatez de no se qué cabeza. Cuatro vidas. Cuatro familias.

(C) 2009 - 2012 IGOR GONZALO SANZ - ALL RIGHTS RESERVED

1 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces no piensa que uno va a desaparecer asi si pensaramos un poco mas las cosas no aztuariamos asi pero esto como todas las cosas de la vida tiene su sentido y un sentido positivo aunque pareza una locura de lo que digo.