24 de enero de 2012

Voy en Renfe; llego tarde

El transporte público en España es diferente. Deficiente. Mas bien muy deficiente. No lo descubres. Lo piensas. Ni siquiera eso. Te enfrentas a ello cada vez que aparcas el coche y planteas un viaje en bus o tren. Entonces te dicen que la única forma de comunicarte en bus desde Coruña a Burgos es saliendo a eso de las diez y media de la noche. Y a eso de las dos y media de la madrugada, cuando ni un alma está despierta, te hacen bajar del bus. El límite entre Galicia y Castilla. Entonces sacas tus maletas de un autobús y esperas a otro que tardará un par de horas en venir. Un par de horas sentado sobre el bordillo de una cafetería ahora cerrada. Solo los baños siguen abiertos. Y no limpios. Lugar de paso. Y ya sabemos cómo están este tipo de lugares donde se juntan personas, cada una de su madre. Entonces le pregunto a la taquillera de billetes _señorita, ¿me está diciendo que tengo que salir del bus a las tantas de la madrugada y esperar tirado un par de horas con las maletas encima? _Bueno, pero es un área de servicio caballero_ me contesta conforme. _¡Pero son las dos de la madrugada señorita!_ y con mi respuesta me voy porque claro está ‘no es problema suyo’. Cien euros por un billete nocturno en el que a media noche te sueltan en mitad de la nada y a esperar con tus maletas. Sin duda no es el mejor ánimo para usar el transporte público.

Entonces piensas en Renfe. La descartada de antemano. La que siempre llega tarde, es cara y lenta. Y descubres una oferta para viajar en clase preferente por apenas cuarenta y cinco euros. Lo reservas ilusionado. Te preguntas cómo diantres un ‘larga distancia’ podrá tirarse ocho horas y media para hacer un recorrido de 450 kilómetros y cuando ves al tren llegar a Coruña te haces a la idea. Entonces un empleado se baja en marcha del tren. Cuando ya casi ni respira de lo lento que va. Un tren que bien podría moverse a vapor. Y le indica a su compañero de cabina el ritmo del aparcamiento. Los metros que le quedan para parar por completo. Como cuando uno necesita de las indicaciones de un colega para desaparcar. Onírico a las ocho y cuarto de la mañana.

Entonces entras al tren. A su clase preferente. A la de un ‘Arco’ del siglo pasado pero con los precios de ahora, A unos asientos tapizados en un verde que a mi abuela la encantarían. También el suelo. Todo verde. La luz de los fluorescentes medio fundidos también. ¡Y ni tiene enchufes! Ni uno en todo el vagón. Así que para cargar el portátil no queda otra que quedarse de pie junto al aseo. Al metro cuadrado de aseo, porque mira que es grande un tren como para escatimar en el espacio donde parece que vives un terremoto cada vez que vas e intentas hacer tus necesidades. Por supuesto al ‘amable’ revisor le importa un comino que haya o no enchufes. Hasta te mira raro por preguntar tal cosa. Ahora que todo son mini-electrodomésticos y un enchufe es necesidad básica. Sobre todo pensando que no vamos en clase turista. Probablemente lo que te cobran sea la tapicería.

Entonces pasa una hora y ya hay que parar. Porque esta mañana bajó de cero la temperatura. Un par de grados nada más. Pero ya hay un problema técnico debido a la ‘helada del siglo’ y Renfe no da a solucionarlo en un par de horas que nos tienen tirados en Monforte mientras llegan, en taxi y autobús otros viajeros, también tirados en mitad de la nada. Entonces uno tiene sed y va al vagón cafetería. A que le timen trescientas de las antiguas pesetas por una botellita de agua. Y resulta que el camarero no está. Y de paseo por el tren te lo encuentras fumando en las escalerillas de uno de los vagones. Y él como si nada. Tranquilo como demasiados funcionarios.

Y empiezan a sonar los móviles y alguien dice _voy en Renfe; llego tarde_. Sinónimos ambos. Diez horas y media después de salir de Coruña llegamos a Burgos. Nos pertenece una devolución del 100% del billete. Pero de las dos docenas de viajeros que religiosamente protestaban dentro del tren en sus corrillos solo nosotros entramos a reclamar formalmente. ¡Cómo nos gusta hablar y hablar pero luego no hacer nada! ¡Qué costumbre tan española! Y por ella se salva esta ruinosa y deficitaria compañía ferroviaria de la que presumen que es la más avanzada de toda Europa. ¡Hasta los americanos han venido aquí para inspirarse de cara a sus próximos trenes!

Me gustaría saber qué es lo que pasa en Polonia, Suiza o Canadá cuando caen las nevadas que ya he vivido en los inviernos centroeuropeos. Me gustaría saberlo porque allí el tren, sin ser el más avanzado de Europa, funciona, es puntual y llega sin problemas a su hora. Llueva, nieve o hiele. Miren señores, si queremos fardar hagámoslo a lo grande. Mantengamos estas antiguallas de trenes y rediseñemos el estilo. ¿Se acuerdan del camarero fumando en la escalerilla del tren? Mejor pipa. Le va más al estilo de este tren. Que el revisor no te arranque media hoja de tu reserva por internet. Encaja mucho mejor el clásico agujereador que deja su rastro por el pasillo. Y ya de paso pido un empleado que, como los de antes, al borde del andén, toque el silbato y hondee una bandera roja para anunciar al maquinista que todo está a punto para comenzar este viaje al tren del pasado, el tren de Renfe en el siglo XXI. El tren más avanzado de Europa.

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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja si en esta sociedad murmuramos mucho de espaldas pero nadie da la cara para que eso definitivamente no vuelva ocurrir Hagamonos responsables de lo que sucede en cada momento minuto en nuestra vida y asi construiremos un mundo mejor,porque a veces aztuan mejor los niños que los que nos llamamos adultos y maduros